Antonio Lara Ponce
Mirar hacia atrás es siempre una práctica
que habla en muchos casos de que si uno conoce la y su historia aprende a enfrentar el hoy y ayuda a
proyectarte para el futuro; y dentro de ese recordar esta la experiencia de los
Centros de Acogida y los Grupos Juveniles que apoyamos a su creación para la
formación de una dirigencia joven que trabaje por el desarrollo de sus pueblos
en la amazonia.
Esta experiencia que concluyo ya casi más
de una década, deja reflexiones a diverso nivel, uno desde una perspectiva
individual y otra desde el colectivo que aporto al proceso.
Desde la perspectiva individual parto desde
el análisis de contexto, del momento que se decidió organizar los Centros que
eran como clubes que servían como referente de nuestro accionar en cada una de
las comunidades donde estábamos trabajando o habíamos llegado. Eran fines de
los 80 e inicios de los 90, momentos de gran presencia del narcotráfico y
terrorismo en la amazonia, muchas de las localidades donde llegamos no había
autoridades, solo encontrábamos a las organizaciones de mujeres que luchaban
por la supervivencia y a las iglesias católica y cristianas en general, los
jóvenes estaban dispersos, solo se organizaban para el deporte y vivían
temerosos tanto por la presencia de las FFAA o policía y por los grupos
terroristas, pues unos los veían como potenciales enemigos y los otros buscaban
llevarlos al “monte” a la lucha, algunos de ellos evitaban ingresar a la
economía ilícita del narcotráfico y otros vivían la aparente bonanza económica
que ella generaba, además las regiones involucradas estaban aisladas, la
infraestructura vial en muchos lugares era casi inexistente y en época de
lluvia muchos lugares se volvían intransitables, se percibía una desesperanza como
consecuencia de su aislamiento, poca presencia del Estado y la violencia que
vivían, la economía está basada en la producción agraria, pero en la mayoría de
caso era solo para la sobrevivencia. Además de diversos fracasos de generar una
economía alternativa, me tocó ver como se quemaban los arboles de achiote, se
“tumbaban” las plantaciones de hierba luisa, maracuyá y la mora que serviría de
alimento del gusano de seda, además de ser testigo del cinismo de muchos productores
que decían, doc. … “aquí sembramos palma o cacao y sale coca…..”, era un
escenario de una dinámica llena de retos y acciones a tomar para el futuro,
pues esta situación debía de cambiar, tarde o temprano, y la pregunta era
¿Cuándo la situación cambie, quien asumirá ese cambio?, pues algo de optimismo
teníamos, por eso estábamos ahí.
Es desde esa visión que se comenzó a
organizar los grupos juveniles y como referente de los mismos a los Centros de
Acogida, que eran espacios que nos cedía la comunidad y donde se implementaba
con módulos muy sencillos, uno que le gustaba mucho a los jóvenes el de música,
que consistía en un bombo, su guitarra, algunas quenas y zampoñas, este era un
gran movilizador y permitía aglutinar a los jóvenes y así poder iniciar un
debate a partir de guías de trabajo que abordaba tema para la formación de
liderazgo.
Otra de las tareas que trasladamos a los
adolescentes, era el de ayudar a realizar sus tareas a los más pequeños, eso
ayudo a ver nivel de compromiso y en muchos casos ayudo a que los propios
miembros del grupo llevaran a sus hermanos o vecinos y así se fueron
aglutinando, había una red de voluntarios, en su mayoría maestros que
promovieron la experiencia en su localidad y que hoy a la distancia muchos de
esos adolescentes y niños son autoridades en sus localidades, dirigentes de
comités de productores y un buen numero profesionales que retornan a sus
localidades a construir su desarrollo.
La perspectiva colectiva que he recogido de
varios actores locales, que son adolescentes y algunos niños y niñas de esos
años, la contare en el siguiente artículo. Antonio Lara Ponce.

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